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De la semana de formación de La Palma salí casi docto en leyes audiovisuales, con una nueva idea sobre manido concepto del transmedia, también sorprendido por la existencia en España de la figura del representante de guionistas y con nuevas ideas para lanzarme a la escritura del piloto de mi proyecto. Pero, ante todo, con una gran preocupación surgida de una certeza: el guionista tiene que vender sus guiones.

No voy a decir que no lo supiese, pero eso no quiere decir que trate de olvidarlo en cuanto puedo y así no darme más motivos para no seguir intentándolo. Podría rellenar esta entrada explicando las múltiples razones por las que esta idea de que los guionistas se lancen a un escenario a vender sus ideas en cinco minutos no es la mejor, explicarle a la industria que se está equivocando, pero os aburriría y tampoco me libraría de tener que hacer el pitch al final del laboratorio. Y ahí también está Islabentura, -y, por qué no decirlo, ese pepito grillo con acento canario que es María José- ofreciendo formación en este campo y recordando a los olvidadizos como yo que toca ponerse la pilas.

La semana en La Palma fue fiel a la intensidad del taller pero, y esto quizás lo piense desde la distancia temporal en que escribo esto, también un paraje en el que disfrutar del encuentro, de la reflexión y de la sensación de paz que transmite esa preciosa isla. Porque tras esa semana todo se precipita y los tiempos se acortan. Adquieres consciencia de que no sólo hay que desarrollar y escribir el proyecto si no que hay que maquetar el documento de venta, preparar el pitch, afinar las versiones…

Pero se supone que debo hablar de La Palma. Ahí llegué con una primera versión de guion ya dialogado, aunque algo justa debido a los tiempos, y tuve la oportunidad de trabajar sobre la misma con Jordi. Creo que ya lo he dicho, pero normalmente esta es la fase que más disfruto, en la que el trabajo de estructura ya está definido, o debería, y ya toca hacer hablar a los personajes y dar forma a las escenas. Hasta ahora todo han sido promesas e intenciones, que incluso pueden brillar en un pitch, pero no es hasta este momento cuando puedes saber con certeza lo que tienes entre manos. Puedes tener un tono pensado desde el principio, pero es en esta fase donde debe aparecer, donde se debe entender. Desde la narración audiovisual y no desde un catálogo de intenciones y referencias.

Creo que en esta etapa, más de matices, se acaban los esquemas o reglas preestablecidas y por ello, aunque para mi más divertida, puede ser igual de frustrante que las fases anteriores, sobre todo si ese maravilloso tono o estilo que tan bien explicaste en el documento de venta no termina de aparecer. Puede incluso que descubras que no tiene cabida en lo que has construido y que el desarrollo te haya llevado a otro lugar.

¿Y por qué cuento todo esto? Pues porque nunca me había acercado al drama de una manera tan cruda como la que requiere mi proyecto y el tono es algo que me preocupaba al llegar a La Palma y me preocupa ahora. Creo que debe haber un equilibrio entre el drama que evoca el conflicto principal y el lugar desde el que soy capaz de escribir sin sonar a impostado, y para ello necesito alejarme de algún modo del drama más puro, conseguir cierta contención que me permita sentirme cómodo en la escritura sin por ello traicionar a la historia. Además, por supuesto, está el idiolecto de los personajes. Tratar de dialogar a un chico canario en los años 30, a una niña de familia acomodada, o a un personaje histórico como Orson Welles hace que las inseguridades en esta fase se acentúen.

Poco más puedo decir sobre mis sensaciones y reflexiones en esos días. Quizás remarcar la intensidad de la experiencia y la oportunidad de afianzar los vínculos profesionales con ese variopinto y divertido grupo de personas que se reúnen cada pocos meses en algún lugar del archipiélago canario.

Escribo esto desde el agobio de quien mira de reojo la cuenta atrás, así que espero que la última semana tarde en llegar, al menos el tiempo que necesito para cerrar mi proyecto, pero estoy seguro de que cuando lo haga la experiencia no defraudará. Al proyecto le irá mejor o peor, necesitará más tiempo o menos, pero la experiencia del laboratorio, el aprendizaje y el recorrido habrán valido la pena.