
Hay algo mágico en poder adaptar La huésped de la Casa Amarilla a una serie. La novela lleva varios años conmigo y detrás de ella hay mucho más que el tiempo de escritura. Decenas de viajes, tanto de documentación como de promo. Meses de dudas, estrés, un ingreso en el hospital y muchas revisiones que, vistas ahora con perspectiva, terminaron ayudando a que la historia creciera.
Mi relación con las adaptaciones, además, tiene algo de ida y vuelta. El secreto de La Indiana, mi primera novela, nació originalmente como un proyecto de serie de televisión en este mismo laboratorio, allá por el año 2018. Durante años pensé la historia desde el guion, hasta que terminé convirtiéndola en novela. Con La huésped me ha ocurrido justo al contrario, este segundo un proceso algo más habitual. Primero nació el libro y ahora me toca descubrir la serie durante estos seis meses de desarrollo.
Pero no me está resultando nada fácil. Adaptar mi propia novela me ha obligado a mirar la historia desde fuera, como si fuese un mero lector o potencial espectador, tratando de juzgar el material desde el primer momento para analizar qué funciona y qué merece la pena extirpar. Lo peor que he llevado del proceso ha sido, sin duda, tener que volver a leer una novela después de tantas revisiones. Hay algo de pudor en leerse a uno mismo en un texto tan personal después de tanto tiempo.
Y lo disfruté. Vaya si lo disfruté, que desde las primeras páginas supe que la serie iría bien encaminada.
Algunos personajes tenían que crecer, debía cambiar algunas tramas y las escenas que funcionaban en la novela no lo hacían en televisión. Pero ya tenía una base con la que trabajar, y unos personajes de los que, dos años después, seguía y sigo estando profundamente enamorado.
Una de las partes que más he disfrutado ha sido poder volver a Tenerife para documentar el proyecto desde esa nueva mirada. Volver a La Orotava, recorrer las haciendas plataneras e imaginar cómo funcionaban esos espacios en los años cuarenta. Hablar con todas aquellas personas que aún conservan recuerdos familiares de la posguerra y que tanto peso tienen en la historia. Lo mismo ocurre al investigar la presencia alemana en Canarias durante la Segunda Guerra Mundial. Aquí, he de reconocer, he tenido la suerte de haber podido indagar en la historia de primera mano, ya que he conseguido contactar con familiares directos de quienes dirigieron las operaciones nazis en Canarias en aquella época.
Muchos de los obstáculos que han ido apareciendo durante estos años también han terminado siendo útiles para mejorar la serie que estoy escribiendo. Cada obstáculo me ha ayudado a mejorar el capítulo piloto, pero también el dossier de venta y el enfoque de cada personaje. Y sin duda, la semana en La Gomera me ha servido de alivio y respiro para poner el texto en perspectiva y darle la forma que merecía. Los talleres son un ejemplo perfecto de que es necesario seguir aprendiendo siempre, leer otras cosas, ver referentes, escuchar a otros profesionales que te ayuden a encontrar las claves que habías olvidado. El proyecto ha ido creciendo mucho durante este proceso y estoy disfrutando del trabajo con mi tutora, Alba Lucío, con quien he podido cuestionar, desmontar y volver a construir muchas partes de la historia.
Esto ha sido lo más enriquecedor del proceso. Volver a conocer una historia que ya había cimentado en mi cabeza, en mi Scapple, mi Scrivener y ahora mi Final Draft. Miles de páginas de documentación y quinientas de novela para volverme loco una vez más enredando las tramas y sacándole el jugo a cada personaje y a las pulsiones que nos hacen humanos.
Y que hacen que escribir ficción sea el mejor oficio del mundo.






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