El lunes madruga de luto. No me han seleccionado en isLABentura y voy de camino a un nuevo curro que no me motiva en absoluto, pero que me permite alimentar mi sueño madrileño: hora y media de casa al trabajo (y viceversa), estar rodeado de gente (y sentirme más solo que la una) y la expectativa de vivir de alquiler hasta los noventa (para siempre). Como cualquier guionista, me monto la narrativa perfecta en mi cabeza. Me esperan cuatro transbordos de autocompasión y una canción en bucle: I Will Overcome, de RAYE, porque como siempre dice mi padre: «Lo importante no es caer, es saber levantarse». Después de la primera escucha, los auriculares se apagan sin batería y no me queda más remedio que pasarme los tres transbordos restantes escuchando el jaleo en el metro, en lugar de atender a mis importantísimos pensamientos intrusivos.

Sofía me escribe que comienza la cuenta atrás y yo me pregunto cómo puede mantener la esperanza. Está claro que los seleccionados ya saben que lo son y el resto todavía nos mordemos las uñas soñando que seremos uno de ellos. Esa es la verdad. Aun así, no dejo de vigilar la pantalla del móvil, con los nervios arañándome detrás de la máscara de profesional impertérrito que me he colocado antes de entrar a la oficina. Pasan las horas y la cuenta atrás se agota. «CARI, ME VOY AL HIERRO», me escribe Sofía. Chillo por dentro porque si lo hiciera por fuera me despedirían y no me pilla bien, por lo que sea. Y me invade la emoción y el orgullo. «ESTÁN LLAMANDO, SOY LA 5ª». Y el pánico y un tembleque que se me mete en el cuerpo y amenaza con romper la máscara. Pasan veinte minutos, cuarenta, una hora, dos. «De momento, nada», le respondo, pero en el fondo pienso que es demasiado tarde. No me han seleccionado en isLABentura y me quedan seis horas en un curro que no me motiva en absoluto. Pongo el móvil en silencio, aceptando que la llamada nunca sonará. Que esa llamada que he reproducido mentalmente tantísimas veces, con el acento perfecto de María José Manso que he escuchado en cada entrevista hablando del laboratorio, no sonará.

No suena porque está en silencio, así que vibra. Es María José, me han seleccionado en isLABentura y me quedan seis horas en un curro que no me motiva en absoluto. Y aprendo que así es la verdad: parcial, incompleta, subjetiva.

Fragmento de El Eco de Canarias por Tero Brito (1980).

Dos años atrás encontré en el apartado ¿Buscas inspiración? de la web de isLABentura, efectivamente, la inspiración. La violencia siempre me ha dado mucho pudor, pero por algún motivo, paradójicamente, también he sentido toda mi vida cierta atracción por lo militar. Que no se me malinterprete, sería el primero en exiliarme en caso de guerra. Supongo que ese interés tiene más que ver con las historias que me contaba mi padre sobre la mili que con la pulsión (nula) de ponerme a pegar tiros, porque eso es lo que me ha movido siempre: las historias. Esta que encontré tenía, además, un misterio.

En 1976, tras la Marcha Verde en Marruecos, casi 5.000 legionarios llegaron a Puerto del Rosario, una ciudad con 6.000 habitantes. Gerardo Mesa, presidente del cabildo de Fuerteventura, comentó en una entrevista que: «5.000 monjas en una ciudad de 5.000 habitantes habría distorsionado la realidad, pero no eran monjas precisamente». Esas palabras retrataron lo que durante años fue una convivencia conflictiva. Pero como en todo conflicto, hubo dos bandos: los que querían que se fueran y los que estaban a gusto con el ejército allí. Cada bando con una verdad irrefutable. Dos verdades que, según los artículos de Tero Brito, colisionaron una noche negra de 1980.

Este proyecto, Barlovento, nació como excusa para tratar de desentrañar qué sucedió aquella noche, qué provocó la guerra en Puerto del Rosario. En aquel momento creía que para encontrar la respuesta solo tendría que unir las piezas que formaban ambas verdades. Ahora sé que, como si la realidad atendiera a la teoría del guion, la verdad que estaba buscando y la que necesitaba encontrar no eran la misma. Y que si realmente quería dar con ella tendría que pagar un precio.

Retrato familiar de la 5ª edición de isLABentura (2026).

Desembarca en San Cristóbal de La Laguna otro ejército: dieciséis protaguionistas armados con dieciséis historias que nueve tutores pondrán a prueba para que el tiro sea certero. En términos bélicos, María José y Lorena son nuestras generales. ¿Nuestra guerra? Que las historias -y la Historia- de Canarias se escuchen lo más lejos posible.

Como sucede en las trincheras, compartimos nuestros miedos, inseguridades y también las ilusiones y expectativas con las que afrontamos el laboratorio. No importa la edad ni la experiencia, todos hemos venido a lo mismo. Y si en solitario el impostor cobra fuerza, en grupo siempre habrá alguien guardándote la espalda. Es entonces cuando uno se siente con la seguridad suficiente como para cargar su historia con nuestra munición: la honestidad, que solo se extrae de la vulnerabilidad. Porque en este campo de batalla no te salvará la máscara de profesional impertérrito.

Después de un primer reconocimiento del terreno, cada soldado parte a su destino. Hay batallas que solo puede librar uno mismo. La mía está en Fuerteventura.

Comando Fuerteventura en su llegada a la isla (2026).

Fuerteventura nos recibe árida y huracanada. Me acompañan Cristina y Sara, con las que volvería a descubrir mundo una y otra vez. Cris viene buscando el mejor lugar en el que casarte con tu ex y Sara es su tutora (aunque ella también busca un desierto).

Noelia y Almudena de la Fuerteventura Film Commission nos han ayudado a preparar este viaje de documentación a medida y yo sigo sin asimilar los contactos que guardo en mi teléfono. Entre ellos, el de Tero Brito, el periodista con cuyos artículos descubrí esta historia, y el de Gerardo Mesa, el presidente del cabildo al cargo durante aquellos años tan complicados. Dos de las personas que vivieron la época de primera mano.

Cuando uno lleva tanto tiempo documentándose sobre algo, cree tener suficiente como para formarse una perspectiva general del asunto. No te preocupes, solo necesitas un par de testimonios para darte cuenta de que en realidad no tenías ni idea. Que como sucede con la Historia Universal, la hemeroteca de El Eco de Canarias, la cronología de la Legión o la biografía de Millán-Astray no te enseñan lo más importante: el corazón.

Tero y Gerardo me hablan del miedo, de lo normalizada que estaba la violencia por aquel entonces, de lo que ambos coincidieron en llamar “una invasión”. También, por supuesto, de cómo vivieron aquella noche de 1980, de cómo una marea de legionarios armados con palos emergió del acuartelamiento para abalanzarse contra los civiles.

Todavía queda por descubrir la cara B. Otro contacto me ayuda a gestionar un encuentro con dos veteranos legionarios que se quedaron en la isla con su familia cuando la Legión se marchó. Ellos son Machín y Berupe, los fundadores de la Hermandad de Antiguos Caballeros Legionarios de Fuerteventura. Primero, me enseñan el lugar en el que vivieron durante sus años de servicio, revelándome las aristas entre el presente y el pasado. Por suerte, algunas zonas de Puerto del Rosario parecen congeladas en el tiempo, así que no me cuesta imaginarme cómo fue cuarenta años atrás. Después, me montan en la furgoneta y me llevan hasta el local de la hermandad, donde me cuentan cómo fue llegar a una isla que también los recibió árida y huracanada, la mitad de la población exigiendo no solo su expulsión, sino también su disolución. Me hablan de aquellos que anhelaban el Sáhara, de la hierba y el chocolate, de la disciplina legionaria y de las agresiones. Dentro y fuera del acuartelamiento. A ellos también les pregunto por la noche negra de 1980 y entonces todas las piezas encajan, pero no de la forma que espero.

Me pierdo por el paseo marítimo de Puerto del Rosario, cavilando. Acabo de conseguir lo que estaba buscando, pero sigo sin encontrarla, la verdad. Un miedo empieza a crecerme a la espalda. ¿Quién soy yo para escribir esta historia? He descubierto el misterio, sí; también he escuchado a ambas partes y, además, he visitado los lugares en los que sucedió. ¿Pero qué me da derecho a contarla por ellos? Me detengo, respiro sal y arena y contemplo el puerto, que me recuerda a casa, a Málaga. Solo entonces me hago la pregunta correcta: ¿cuál es la historia, en realidad?

Cuaderno de campo de isLABentura (2026).

Volvemos a San Cristóbal de La Laguna para el último fin de semana juntos. Combato el cansancio con la ilusión de la primera tutoría esa misma tarde. Nos sentamos con Pablo, nuestro tutor, y Antonio y yo ponemos sobre la mesa lo que hemos recopilado. Él nos hace preguntas, nos confronta, a nosotros y al proyecto, que somos uno. Preguntas que escuecen, porque aciertan en los huecos, en los nudos, y desarman. Salgo con un proyecto diferente al que llegó. En realidad, ni siquiera termino de entender cuál es ese proyecto, infinitas versiones y posibilidades zumbando en la cabeza. Es lo que más me gusta de las tutorías, aunque lo negaré si me preguntas al salir de una. Y es que en eso consiste precisamente un laboratorio: en experimentar, en desechar, en componer y en descomponer, en diseccionar las ideas hasta quedarse con la matriz.

Amanece en La Laguna y este ejército de guionistas se recluye en la Casa Anchieta, donde nos esperan dos talleres que amenazan con ponernos a nosotros y a nuestros proyectos aún más patas arriba si cabe. El primero, con la psicoanalista María Elízaga, ahonda en la conexión del grupo y en esa vulnerabilidad de la que se alimentan las historias. El segundo, con la analista de guion Elina Fessa, nos anima a escrutar con preguntas los proyectos de nuestros compañeros de grupo. Seis horas de talleres y solo media para desconectar del ruido antes de la cena. Cris pregunta si nos apetece bajar ese ratito a jugar a juegos de mesa. Yo admiro su resistencia, pero no sé si llego a responderle que necesito desfallecer unos minutos antes de volver a vernos, o si lo hago directamente antes de mandar el mensaje. Esa noche se extiende más de lo que esperaba, pero es la última y hago acopio de las fuerzas que me quedan para aguantar hasta el final. Brindis con la izquierda, deseos embotellados, un par de pubs y Quevedo (el cantante) adornan la noche como confeti. Un cierre de fantasía.

Mientras despegamos, repaso todo lo que me llevo y todo lo que dejo atrás. Me llevo queso majorero, algunos imanes, un mapa en arcilla de Fuerteventura, un ejército imbatible y una lista de preguntas a las que sigo buscando respuestas. Dejo atrás mi isla desierta favorita, charlas tróspidas a orillas del mar, bromas internas que solo volverán cuando nos reencontremos y los miedos de un guionista solitario. Pero también dejo lo que Puerto del Rosario me reclamó a cambio de su verdad; el precio por escribir su historia, que de alguna forma tuve que hacer mía; la razón por la que escribo este proyecto, más allá de la guerra entre majoreros y legionarios. El avión se adentra en una nube que lo empaña todo y Tenerife desaparece.  Pienso en mi familia, a la que no veo desde hace un año. Y pienso en lo que me ha traído hasta aquí: las historias de mi padre sobre la mili. Y pienso en él. Y en Pedro y María, los protagonistas, y la búsqueda de su hijo. Y en la culpa de unos padres. Y también en la mía.

La verdad, menudo término. Como sucede con cualquier palabra cuando la repites una y otra vez, llega un momento en el que deja de tener sentido. Sin embargo, con la verdad sucede justo lo contrario: cuanto más la repites, más real se vuelve. Ahora sé que lo que Barlovento necesitaba era precisamente eso: mi verdad.

El lunes madruga de luto. No me han seleccionado en isLABentura y voy de camino a un nuevo curro que no me motiva en absoluto, pero que me permite alimentar mi sueño madrileño: hora y media de casa al trabajo (y viceversa), estar rodeado de gente (y sentirme más solo que la una) y la expectativa de vivir de alquiler hasta los noventa (para siempre). Como cualquier guionista, me monto la narrativa perfecta en mi cabeza. Me esperan cuatro transbordos de autocompasión y una canción en bucle: I Will Overcome, de RAYE, porque como siempre dice mi padre: «Lo importante no es caer, es saber levantarse». Después de la primera escucha, los auriculares se apagan sin batería y no me queda más remedio que pasarme los tres transbordos restantes escuchando el jaleo en el metro, en lugar de atender a mis importantísimos pensamientos intrusivos.

Sofía me escribe que comienza la cuenta atrás y yo me pregunto cómo puede mantener la esperanza. Está claro que los seleccionados ya saben que lo son y el resto todavía nos mordemos las uñas soñando que seremos uno de ellos. Esa es la verdad. Aun así, no dejo de vigilar la pantalla del móvil, con los nervios arañándome detrás de la máscara de profesional impertérrito que me he colocado antes de entrar a la oficina. Pasan las horas y la cuenta atrás se agota. «CARI, ME VOY AL HIERRO», me escribe Sofía. Chillo por dentro porque si lo hiciera por fuera me despedirían y no me pilla bien, por lo que sea. Y me invade la emoción y el orgullo. «ESTÁN LLAMANDO, SOY LA 5ª». Y el pánico y un tembleque que se me mete en el cuerpo y amenaza con romper la máscara. Pasan veinte minutos, cuarenta, una hora, dos. «De momento, nada», le respondo, pero en el fondo pienso que es demasiado tarde. No me han seleccionado en isLABentura y me quedan seis horas en un curro que no me motiva en absoluto. Pongo el móvil en silencio, aceptando que la llamada nunca sonará. Que esa llamada que he reproducido mentalmente tantísimas veces, con el acento perfecto de María José Manso que he escuchado en cada entrevista hablando del laboratorio, no sonará.

No suena porque está en silencio, así que vibra. Es María José, me han seleccionado en isLABentura y me quedan seis horas en un curro que no me motiva en absoluto. Y aprendo que así es la verdad: parcial, incompleta, subjetiva.

Dos años atrás encontré en el apartado ¿Buscas inspiración? de la web de isLABentura, efectivamente, la inspiración. La violencia siempre me ha dado mucho pudor, pero por algún motivo, paradójicamente, también he sentido toda mi vida cierta atracción por lo militar. Que no se me malinterprete, sería el primero en exiliarme en caso de guerra. Supongo que ese interés tiene más que ver con las historias que me contaba mi padre sobre la mili que con la pulsión (nula) de ponerme a pegar tiros, porque eso es lo que me ha movido siempre: las historias. Esta que encontré tenía, además, un misterio.

 

En 1976, tras la Marcha Verde en Marruecos, casi 5.000 legionarios llegaron a Puerto del Rosario, una ciudad con 6.000 habitantes. Gerardo Mesa, presidente del cabildo de Fuerteventura, comentó en una entrevista que: «5.000 monjas en una ciudad de 5.000 habitantes habría distorsionado la realidad, pero no eran monjas precisamente». Esas palabras retrataron lo que durante años fue una convivencia conflictiva. Pero como en todo conflicto, hubo dos bandos: los que querían que se fueran y los que estaban a gusto con el ejército allí. Cada bando con una verdad irrefutable. Dos verdades que, según los artículos de Tero Brito, colisionaron una noche negra de 1980.

 

Este proyecto, Barlovento, nació como excusa para tratar de desentrañar qué sucedió aquella noche, qué provocó la guerra en Puerto del Rosario. En aquel momento creía que para encontrar la respuesta solo tendría que unir las piezas que formaban ambas verdades. Ahora sé que, como si la realidad atendiera a la teoría del guion, la verdad que estaba buscando y la que necesitaba encontrar no eran la misma. Y que si realmente quería dar con ella tendría que pagar un precio.

Desembarca en San Cristóbal de La Laguna otro ejército: dieciséis protaguionistas armados con dieciséis historias que nueve tutores pondrán a prueba para que el tiro sea certero. En términos bélicos, María José y Lorena son nuestras generales. ¿Nuestra guerra? Que las historias -y la Historia- de Canarias se escuchen lo más lejos posible.

 

Como sucede en las trincheras, compartimos nuestros miedos, inseguridades y también las ilusiones y expectativas con las que afrontamos el laboratorio. No importa la edad ni la experiencia, todos hemos venido a lo mismo. Y si en solitario el impostor cobra fuerza, en grupo siempre habrá alguien guardándote la espalda. Es entonces cuando uno se siente con la seguridad suficiente como para cargar su historia con nuestra munición: la honestidad, que solo se extrae de la vulnerabilidad. Porque en este campo de batalla no te salvará la máscara de profesional impertérrito.

 

Después de un primer reconocimiento del terreno, cada soldado parte a su destino. Hay batallas que solo puede librar uno mismo. La mía está en Fuerteventura.

 

Fuerteventura nos recibe árida y huracanada. Me acompañan Cristina y Sara, con las que volvería a descubrir mundo una y otra vez. Cris viene buscando el mejor lugar en el que casarte con tu ex y Sara es su tutora (aunque ella también busca un desierto).

 

Noelia y Almudena de la Fuerteventura Film Commission nos han ayudado a preparar este viaje de documentación a medida y yo sigo sin asimilar los contactos que guardo en mi teléfono. Entre ellos, el de Tero Brito, el periodista con cuyos artículos descubrí esta historia, y el de Gerardo Mesa, el presidente del cabildo al cargo durante aquellos años tan complicados. Dos de las personas que vivieron la época de primera mano.

 

Cuando uno lleva tanto tiempo documentándose sobre algo, cree tener suficiente como para formarse una perspectiva general del asunto. No te preocupes, solo necesitas un par de testimonios para darte cuenta de que en realidad no tenías ni idea. Que como sucede con la Historia Universal, la hemeroteca de El Eco de Canarias, la cronología de la Legión o la biografía de Millán-Astray no te enseñan lo más importante: el corazón.

 

Tero y Gerardo me hablan del miedo, de lo normalizada que estaba la violencia por aquel entonces, de lo que ambos coincidieron en llamar “una invasión”. También, por supuesto, de cómo vivieron aquella noche de 1980, de cómo una marea de legionarios armados con palos emergió del acuartelamiento para abalanzarse contra los civiles.

 

Todavía queda por descubrir la cara B. Otro contacto me ayuda a gestionar un encuentro con dos veteranos legionarios que se quedaron en la isla con su familia cuando la Legión se marchó. Ellos son Machín y Berupe, los fundadores de la Hermandad de Antiguos Caballeros Legionarios de Fuerteventura. Primero, me enseñan el lugar en el que vivieron durante sus años de servicio, revelándome las aristas entre el presente y el pasado. Por suerte, algunas zonas de Puerto del Rosario parecen congeladas en el tiempo, así que no me cuesta imaginarme cómo fue cuarenta años atrás. Después, me montan en la furgoneta y me llevan hasta el local de la hermandad, donde me cuentan cómo fue llegar a una isla que también los recibió árida y huracanada, la mitad de la población exigiendo no solo su expulsión, sino también su disolución. Me hablan de aquellos que anhelaban el Sáhara, de la hierba y el chocolate, de la disciplina legionaria y de las agresiones. Dentro y fuera del acuartelamiento. A ellos también les pregunto por la noche negra de 1980 y entonces todas las piezas encajan, pero no de la forma que espero.

Me pierdo por el paseo marítimo de Puerto del Rosario, cavilando. Acabo de conseguir lo que estaba buscando, pero sigo sin encontrarla, la verdad. Un miedo empieza a crecerme a la espalda. ¿Quién soy yo para escribir esta historia? He descubierto el misterio, sí; también he escuchado a ambas partes y, además, he visitado los lugares en los que sucedió. ¿Pero qué me da derecho a contarla por ellos? Me detengo, respiro sal y arena y contemplo el puerto, que me recuerda a casa, a Málaga. Solo entonces me hago la pregunta correcta: ¿cuál es la historia, en realidad?

Volvemos a San Cristóbal de La Laguna para el último fin de semana juntos. Combato el cansancio con la ilusión de la primera tutoría esa misma tarde. Nos sentamos con Pablo, nuestro tutor, y Antonio y yo ponemos sobre la mesa lo que hemos recopilado. Él nos hace preguntas, nos confronta, a nosotros y al proyecto, que somos uno. Preguntas que escuecen, porque aciertan en los huecos, en los nudos, y desarman. Salgo con un proyecto diferente al que llegó. En realidad, ni siquiera termino de entender cuál es ese proyecto, infinitas versiones y posibilidades zumbando en la cabeza. Es lo que más me gusta de las tutorías, aunque lo negaré si me preguntas al salir de una. Y es que en eso consiste precisamente un laboratorio: en experimentar, en desechar, en componer y en descomponer, en diseccionar las ideas hasta quedarse con la matriz.

 

Amanece en La Laguna y este ejército de guionistas se recluye en la Casa Anchieta, donde nos esperan dos talleres que amenazan con ponernos a nosotros y a nuestros proyectos aún más patas arriba si cabe. El primero, con la psicoanalista María Elízaga, ahonda en la conexión del grupo y en esa vulnerabilidad de la que se alimentan las historias. El segundo, con la analista de guion Elina Fessa, nos anima a escrutar con preguntas los proyectos de nuestros compañeros de grupo. Seis horas de talleres y solo media para desconectar del ruido antes de la cena. Cris pregunta si nos apetece bajar ese ratito a jugar a juegos de mesa. Yo admiro su resistencia, pero no sé si llego a responderle que necesito desfallecer unos minutos antes de volver a vernos, o si lo hago directamente antes de mandar el mensaje. Esa noche se extiende más de lo que esperaba, pero es la última y hago acopio de las fuerzas que me quedan para aguantar hasta el final. Brindis con la izquierda, deseos embotellados, un par de pubs y Quevedo (el cantante) adornan la noche como confeti. Un cierre de fantasía.

 

Mientras despegamos, repaso todo lo que me llevo y todo lo que dejo atrás. Me llevo queso majorero, algunos imanes, un mapa en arcilla de Fuerteventura, un ejército imbatible y una lista de preguntas a las que sigo buscando respuestas. Dejo atrás mi isla desierta favorita, charlas tróspidas a orillas del mar, bromas internas que solo volverán cuando nos reencontremos y los miedos de un guionista solitario. Pero también dejo lo que Puerto del Rosario me reclamó a cambio de su verdad; el precio por escribir su historia, que de alguna forma tuve que hacer mía; la razón por la que escribo este proyecto, más allá de la guerra entre majoreros y legionarios. El avión se adentra en una nube que lo empaña todo y Tenerife desaparece.  Pienso en mi familia, a la que no veo desde hace un año. Y pienso en lo que me ha traído hasta aquí: las historias de mi padre sobre la mili. Y pienso en él. Y en Pedro y María, los protagonistas, y la búsqueda de su hijo. Y en la culpa de unos padres. Y también en la mía.

 

La verdad, menudo término. Como sucede con cualquier palabra cuando la repites una y otra vez, llega un momento en el que deja de tener sentido. Sin embargo, con la verdad sucede justo lo contrario: cuanto más la repites, más real se vuelve. Ahora sé que lo que Barlovento necesitaba era precisamente eso: mi verdad.