
“¡No estoy loca!”, eso le dije a Marta cuando María José me llamó para darme la noticia de que me habían seleccionado en el laboratorio. Marta es quien me escucha y me intenta entender, que yo creo que eso es lo más importante que te puede regalar alguien: su voluntad.
Una, a veces, se piensa que está loca cuando escribe e intenta correlacionar cosas que aparentemente no tienen relación entre sí. Cosas como, según el refranero español, el tocino y la velocidad, o una monja incorrupta y sus devotas. Pero algo dentro de mí me decía —algo que seguramente fuese mis años de espectadora de mi madre, de mis vecinas, de mis tías y de mis primas— que aquello tenía sentido.
“Todo el del mundo”. Esto último me lo confirmó Arantxa, Arantxa Cuesta, mi tutora por gracia de Dios, con quien emprendí una conexión inmediata y una ruta por el norte de Tenerife para dar comienzo a la fase de documentación. Había una historia por escribir, una —ahora yo también lo creo— con todo el sentido del mundo.
Nuestra primera parada fue El Sauzal, el empinado y precioso pueblo donde nació y creció María de León y Delgado, la citada monja incorrupta antes de serlo. Allí se encuentra su Casa Museo, donde nos esperaba Sara Pérez, la joven y amable segunda teniente de alcalde del Ayuntamiento, quien nos abrió las puertas del complejo sólo para nosotras. No porque fuéramos especiales ni nada de eso, sino porque la persona especialista en la Sierva de Dios o Siervita —que es como se la conoce popularmente— y quién hacía la ruta guiada está jubilada y aún no cuentan con alguien que la sustituya.
Arantxa y yo pudimos recorrer la casita donde vivió la religiosa, casita que por aquellos tiempos presupongo que era humilde y modesta, pero que ahora —estando la cosa como está— quisiera yo para mí misma. Su dormitorio, su cocina, su saloncito y hasta su cuartito de aperos. Al salir, ocurrió el milagro.
Un grupo de unas siete mujeres reían y se acercaban a darle un beso a la mastodóntica escultura de La Siervita que presidía la placita. Una de ellas confesó: “Hoy es mi aniversario”. A lo que otra añadió, entre carcajadas: “¡Y estás aquí, y estás aquí!”. Me acerqué —como no podía ser de otra forma— a hablar con ellas. Me contaron que, por supuesto, habían ido a ver la monja algún que otro 15 de febrero, que es cuando la sacan al público, y que le habían tirado al sarcófago papelitos con sus ruegos. La casada me enseñó incluso pruebas de ello en su móvil y deslizando por la galería se coló una foto de su marido travestido, adivino que por carnavales.
Luego llegamos al Convento de Santa Catalina de Siena, en el centro de La Laguna, donde me había citado Sor Cleofé, la madre superiora. Entramos como se entra en cualquier lado: llamando al porterillo. Allí nos recibió otra hermana que no se fiaba mucho de nosotras pero que, a la que pudo, se puso a rajar de la nueva. Yo soy de las que piensa que pocas cosas hay más humanas que criticar y no me quiero ni imaginar lo que tiene que ser vivir toda tu vida en clausura con la compañía de tan sólo otras seis personas y encima no poder criticar a gusto.
Total, que, después de esperar un rato en el patio, llegaron Sor Cleofé y sus 82 años. Todo en ella llamaba a rendirse ante semejante halo de sabiduría y templanza. Supongo que eso es lo que te ofrece la religión: tranquilidad y sentido a lo que no lo tiene. Cuando Arantxa y yo intentamos explicarle que ella era mi tutora, Sor Cleofé nos demostró que lo había entendido a la perfección contándonos una moraleja sobre uno que tocaba el organillo sólo si su maestro estaba sentado a la vera. Nos dio lo que se dice una guantá sin manos, vaya. Luego me regaló la biografía de La Siervita y el teléfono de Juan Pedro, quien lleva el proceso de su beatificación desde la Diócesis Nivariense. También nos dejó muchas frases sentenciadoras, tiernas y comunistas, como buena cristiana, como “Con nada venimos y con nada nos vamos” o “No se nos cae un pelo de la cabeza sin que El Señor lo quiera”.
Para terminar, le pregunté qué era lo que la gente más le pedía a la milagrosa: “Por temas de salud, ¿verdad?”. Sor Cleofé frunció el ceño y con un tono muy preocupado dijo: “Y por los matrimonios…”. Entonces, se me vino la imagen del marido travestido y aquella mujer alejada de él en su propio aniversario.
Ahí me volví a acordar. Esta historia tiene todo el sentido del mundo.
Después Arantxa y yo nos fuimos a la Librería Diocesana y nos compramos un rosario y un pastillero de La Siervita porque nunca se sabe.


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