
Hace dos días envié la primera versión de Cachalote. La primera de muchas seguramente. El trabajo del guionista más que escribir es reescribir. De hecho, diría que la única manera de encontrar una película es reescribiéndola. Quitando lo que sobra, probando escenas, indagando en los personajes, descubriendo lo que te dejaste fuera y no te diste cuenta. Encontrando el tono y zambulléndose en esa cadencia. Y también volviendo a recordar por qué, en un primer momento, empezaste a escribir esa película. Por qué te importa.
La respuesta a esa pregunta nunca aparece completamente nítida al comienzo. Al menos, no para mí. Yo sigo entendiendo por qué empecé a escribir tal peli o tal serie dos o cinco años después de la primera sinopsis.
Hace poco, descubrí que, en todas mis historias, el padre está muerto o directamente no está. Lo que puede tener cierto sentido teniendo en cuenta que mi padre murió hace casi veintiséis años. Lo que no tiene sentido es que yo no me haya dado cuenta de ese patrón. Ni que haya sido una decisión consciente.
Empecé a escribir Cachalote cuando en mi cabeza volvió a aparecer la imagen de un cachalote muerto en la orilla de mi pueblo. Me pareció un recuerdo potente y traté de indagar a dónde me llevaba esa ballena descomponiéndose, rodeada de personas, con niños trepándola para resbalarse en su lomo. Me llevó a una pescadora de atunes en bancarrota, a una familia rota, a los estragos de la pesca industrial, a ecosistemas destruidos, a cómo la vida en los pueblos y en el mundo está cambiando sin que haya manera humana de dar marcha atrás. Pensé que mi interés era temático: cómo el cambio climático arrasa con los bolsillos de los más débiles. Todo muy intelectual, muy colectivo, muy contestatario.
Pero hace unas semanas, me cayó otra ficha que terminó de revelarse completamente en un taller de dirección de actores de Nata Mateo, una mujer con una intuición bestial para detectar qué botón apretar en el otro para encontrar verdad. Inés, la pescadora de atunes de la peli, es combativa, absolutamente fiel a sus ideales, el dinero le importa poco, y se pelea con toda una isla, por una causa que la trasciende y que cree justa. Inés es, lo que yo considero, un buen ser humano.
Pero tiene su propia referencia.
Mi hermana le sostuvo la cabeza a un hombre que acababa de estrellarse en su moto, durante casi una hora, sin dejar de hablarle para que se mantuviera despierto mientras llegaba una ambulancia o al menos, la policía. Mi hermana se bajó de un colectivo, en una carretera remota de la sierra peruana, para desatar a un caballo herido que habían atado para dejarlo morir allí mismo y no se movió del sitio hasta que no llegó un veterinario a ese punto perdido de las montañas a ocuparse del animal. Mi hermana organizó un movimiento ambientalista en nuestro pueblo para denunciar que los camiones de basura tiran todo lo que recolectan directamente al mar. Y luego, que la empresa de abastecimiento de agua había empezado a destruir plantaciones ancestrales por pura negligencia. Mi hermana te hace regalos, pero hace años que no se compra ropa. Cada vez que estoy perdida, su manera de ayudarme es ofreciéndome una sesión con una terapeuta o una revolución solar con bajada de tarot, que seguramente le cuestan lo que a ella nunca le sobra.
Inés no es solo una consecuencia del Cachalote, es mi manera de buscar a mi hermana. Una forma extraña de ponerme en sus zapatos y tratar de entenderla. Es celebrarla. Es decirle cuánto la admiro. Es quizá un síntoma de la migración: estar lejos de las personas que amas y tratar de encontrarlas de otras formas.
Escribimos, a veces, para comprender el mundo o nuestra propia vida. Pero también podemos escribir como una manera desesperada de acercarnos a nuestra gente, nuestra manada, y recordarles lo fundamental que resulta su existencia para nosotros y los demás. Para darles un abrazo.


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