
Hay islas que son solo geografía. Y luego está La Palma.
Lo primero que te golpea no es el paisaje (aunque los meandros negros contra el cielo te dejan sin palabras) sino la consciencia de estar caminando sobre un mundo que se ha destruido y reconstruido una y otra vez. Todo ese verde exuberante, esas casas, esos caminos: vida brotando directamente de la lava solidificada. Es una lección de geología convertida en filosofía de vida. El volcán explota, arrasa con todo, y después, lentamente, la roca fundida se solidifica y se convierte en suelo fértil. En cimientos. En futuro.
Me paso los primeros días mirando la isla como si fuera una película en sí misma. Resiliente, decimos ahora con demasiada facilidad, como si fuera un adjetivo más. Pero en La Palma la resiliencia no es un concepto motivacional de Instagram. Es literal. Es gente que ha visto cómo el volcán se tragaba sus casas, sus recuerdos, su vida entera, y que sigue adelante porque no queda otra. Y porque, en el fondo, hay algo profundamente bello en el acto de reconstruir. Aunque cueste todo. Aunque sepas que puede volver a arrasarse en un segundo.
Quizá por eso el laboratorio ISLABENTURA fue tan especial. No sé si fue el lugar o si fue la gente (probablemente ambas cosas) pero desde el primer día sentí algo que no es habitual en estos espacios profesionales: calidez genuina. Se respiraba amor por lo que hacíamos. Cariño entre los que estábamos allí. Los tutores no solo corregían guiones; te escuchaban como si tu película ya existiera y ellos pudieran verla proyectada en alguna sala del futuro. Los organizadores creaban un ambiente en el que equivocarse no daba miedo. Las productoras te miraban con esa mezcla de pragmatismo y fe ciega que necesitas cuando estás tratando de convencer al mundo (y a ti mismo) de que tu historia merece existir.
Hubo momentos de agobio, claro. Noches en las que las páginas no avanzaban y me preguntaba si tendría algo que decir realmente. Pero siempre había alguien que te recordaba por qué estabas ahí. Una conversación después de cenar. Un comentario casual que de repente lo iluminaba todo. Esa generosidad extraña que solo ocurre cuando un grupo de gente se junta alrededor de algo tan absurdo y necesario como hacer películas.
Volví de La Palma con más preguntas que respuestas sobre mi proyecto. Pero también con algo más valioso: la certeza de que esto (este esfuerzo de crear mundos de ficción, de contar historias, de creer que importa) vale la pena. Que podemos arrasarlo todo y volver a empezar. Que la belleza emerge de lugares imposibles.


|