Blog 2026Sofía Martín Jiménez

Chirla. Documentación de una peli

Esta historia empieza con un señor disfrazado de Satisfyer que iba andando por la calle Fuencarral de Madrid. Y esto es real. A tres días de que dijeran los seleccionados de Islabentura de 2026 me lo encontré mientras iba caminando por el centro, lo señalé y dije: «mira, una señal». Aunque era realmente una persona caminando con un disfraz, respirando por un hueco pequeñito y soñando con irse de vacaciones con lo que saque de ese trabajillo. Esto es ficción. Y la ficción es importante.
Unos meses antes yo me encontraba con Celia, compi guionista, tomando un café en una cafetería instagrameable del centro de Madrid, después íbamos a ir a una presentación de un poemario. Los guionistas hablamos de los proyectos que conocemos de otros guionistas como entidades vivas y les preguntamos por cómo están, cómo siguen, qué tal sus personajes. Así me preguntó Celia por Chirla y yo le comenté que nada, que lo tenía aparcado. «Tienes que echarlo a Islabentura, yo lo veo». Y así lo hice, con los Bridgerton de fondo puse en pie todo y lo mandé. A Celia le debo una merienda.

«Si digo que me voy a África, ¿me paso de exótica» le pregunté a mi chico por teléfono. «Sí, yo creo que sí». Pero las excentricidades a la hora de crear también son importantes. Así que me fui a África Canarias con la mítica maleta roja que medio arrastraba, muy lejos de cuando Miley Cyrus llega a su pueblo en la película de Hannah Montana con dos trolleys rosa fucsia y un outfit a conjunto. Esto es una realidad en una ficción.

La Laguna podría ser Cartagena de Indias. El guía dicharachero –creo que es el mejor adjetivo para calificarlo– nos explicó que fue una ciudad réplica. Me imagino a las calles, las iglesias y los árboles siendo un proto estantería Billy de Ikea, que después coges y colocas donde necesitas. Paseo con los compis, nos conocemos de unas horas –hemos compartido ya al menos tres Nestea mango piña– y asentimos mucho a las explicaciones y entre nosotros hay chascarrillos. En la ficción, a veces necesitas escuchar las voces de los personajes para ponerlos en pie. En la realidad, la mayoría de las veces es la primera toma contacto. Tenemos acentos, nos contamos cosas y hablamos de nuestras vidas –nuestras vidas en la península– con sus crisis profesionales y series de culto que nos sostienen en ellas.

Pero todo ocurre rápido y nos despedimos y nos metemos en miniaviones cada uno con direcciones distintas. Mi destino es El Hierro y encontrarle una casa a María Jesús, la prota de Chirla. Tiene setenta y pico años y ganas de seguir descubriendo la vida. Así que intento contagiarme de ella y paseo por la isla. Los herreños –entiendo entre líneas– están muy orgullosos de su isla: la cajera del SuperDino la lleva tatuada en el cuello, hay pegatinas de ella en los coches. El hierro tiene un olor muy particular: lava, eucalipto y sal. Dejo que me rodee estilo Pocahontas cantando Colores en el viento.

Sigo buscando a María Jesús y me encuentro a una señora que pienso que podría ser ella, pero la pierdo cuando entra a comprar una planta, ¿a quién no se le antoja un cactus a las doce de la mañana? Podría haber sido un momento en el que la ficción encuentra la realidad. Pero mi momento peak es cuando conozco en el Centro de Día a los mayores que van allí. Al principio me preguntan con timidez y afirman que mi acento es medio raro. Cuando se sueltan les pregunto por cómo se sienten con sus cuerpos –todos contentos– y que cómo ven el romance –se han formado dos parejas allí, ¡una se ha casado y todo! Se despiden cariñosos tras muchas preguntas sobre cómo se escribía El Cazador.

Cuando salgo de allí, el mar. Y pienso en María Jesús, que ve el mar todos los días.