
Ya quedó atrás la semana de formación de isLABentura Canarias 2026, un nuevo aprendizaje que para mí supuso un cúmulo de sentimientos encontrados y una experiencia que me dejó revuelto para bien y para mal.
Llegué a La Gomera con los cables cruzaos y me volví a casa con los plomos fundidos. Por ello, me gusta hablar de la salud mental del guionista en esta entrada al blog y destacar su importancia más allá del audiovisual, de la industria o del propio laboratorio.
Y es que los guionistas somos materia sensible que hay que trabajar con cuidado. Cuando tenemos preocupaciones o dramas personales nos afectan a la hora de escribir, cuando discutimos con familiares o amigos repercute en lo que dicen (y cómo lo dicen) nuestros personajes, y cuando nos ofuscamos, enfadamos o pasamos por una mala racha, acaba afectando a nuestras creaciones. Y eso es algo positivo, porque significa que el mundo del guion apela a lo más íntimo de nosotros como personas, es una extensión de quienes somos, puede funcionar como una especie de exorcismo de nuestros demonios interiores, e incluso llega a ser terapéutico, curativo, sanador…
En esta ocasión, no encontré siempre mi sitio, me sentí pez fuera del agua en distintos momentos, y me disgusté conmigo mismo porque quería refugiarme en mi soledad, en mi particular «happy place», en mis páginas por escribir, cuando me tocaba socializar y formar parte del grupo. Estoy seguro que todos hemos pasado por realidades similares en nuestro trabajo, con nuestra familia, o ante otras circunstancias, lo curioso es que me pasara precisamente durante este regalo tan preciado que estoy viviendo y en la que salió mi carácter «avinagrao». Es parte del viaje, de madurar, de crecer incluso como creador, autor o storyteller.
Durante el accidentado trayecto, me encantó descubrir la vulnerabilidad de mis compañeros, no porque se desnudaran en los talleres o en nuestras conversaciones, sino porque su personalidad salió a relucir de una forma inesperada ante las situaciones más incómodas. Las personalidades más introvertidas, los protaGUIONistas más tímidos, fueron un descubrimiento para mí, me llevaron a empatizar con ellos de una forma muy especial y los convirtió en el apoyo al cual quería recurrir cuando solo veía oscuridad y pensamientos negativos nublaban mi mente. Fueron los aliados que nunca pensé necesitar dada mi extrovertida forma de ser. Reírme con ellos, compartir nuestras subidas y bajadas a nivel personal y profesional, y actuar como cómplices sirvió para salvarme.
Y es que escribir no deja de ser una actividad muy introspectiva, juntarse con tus camaradas ayuda a veces, muchas veces, pero si queremos escribir puede que sea también porque disfrutamos de nuestra soledad y valoramos muchísimo el tener momentos de reflexión, a solas, a lo largo del día. O no… depende de cada caso y yo hablo del mío, nada más.
Luego, ya ha tocado bajar a tierra y seguir trabajando en nuestros guiones desde la seguridad de nuestra habitación, sin esa red de mentores o talleristas. ¿Y qué he hecho yo? Verter la montaña rusa de emociones y vivencias experimentadas en la escritura, en mis protagonistas, y en mis tramas.
Me he reconciliado con el Ben enfadado y el Ben de buen humor, y aquí sigo escribiendo, haciendo terapia, desmontando al guionista que soy. Y es que el proceso creativo también tiene sus baches, si no que me lo digan a mí.
PD: Ya os hablaré de mi proyecto «El velorio de los Angelitos» con más detalle en un futuro, de momento os dejo con un vídeo que ilustra mis escapadas, mis «citas conmigo mismo», y las numerosas mentorías virtuales que hemos realizado desde que empezara esta aventura. Gracias, isLABentura.


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