Escribo esto desde la templanza que aporta la distancia.
Escribo esto desde otros lares.
Escribo esto desde otra etapa.

Pero aquello que pasó en La Palma fue diferente.
Ni un paréntesis, ni un punto y seguido. Nada de eso.
Todo el tintero se volcó sobre el lienzo.
Se derramó.
Inundó toda la hoja.

Aquello que viví.
Aquello que vivimos.
Dejó una huella imborrable.

La tinta se filtró por la granulosidad del papel.
Ya no se puede borrar.
Un tatuaje emocional e intelectual en la materia gris de mi corteza cerebral.

Cine.
Gente que hace cine.
Gente que enseña cine.

Gente que ama el cine.

Hoy puedo decir que tengo una familia cultural recién formada.
Una familia grande.
Diversa.

Quiero repetir.
Quiero volver.
Quiero seguir aprendiendo.
Quiero seguir formando parte de esta familia.

Encontré —por fin— unos padrinos fílmicos que me acompañaron en todo el proceso.
Qué afortunado.
De verdad.

Parece que, a veces, el destino conspira para cruzarte con las personas con las que debes cruzarte.

A mí me pasó.
Mis tutores son el claro ejemplo de ello.

Me reafirmaron en la idea de defender un cine puro, artesanal, bello,
hecho desde lo más profundo del ser.

Porque, amigos, recuerden:
la manera más noble de dirigirte a tu público
es no pensar en él.

Porque lo más personal
es siempre
lo más creativo.

Y porque hay lugares que no se abandonan del todo.
La Palma es ya uno de ellos.
Un punto fijo en el mapa invisible de lo que somos
cuando el cine deja de ser oficio
y se convierte en casa.