Normalmente, cuando uno se inscribe a algún tipo de laboratorio, concurso, premio, lo que sea, sabe a lo que se enfrenta. Poco hace falta leer las entradas anteriores para ser consciente de que Joaquín y yo (Xavi) no teníamos ni idea de a qué nos enfrentábamos. La oportunidad se presentó como un viaje por el desierto que prometía ser una abentura inolvidable y, claro, nosotros, que solo veíamos el desierto, no fuimos conscientes de que la promesa se había quedado corta; la abentura estaba muy por encima de las expectativas.

Joaquín llegó dos días más tarde, lo que me brindó una soledad bastante llana para enfrentarme a una playa como la de Puerto Naos, a un grupo como el nuestro y a unos nervios como los del último día de curso. Fui el primero de la expedición en llegar a la isla nueva. Nunca había pasado más de 24 horas en La Palma y para mí se propuso como el encuentro con un familiar al que nunca has conocido pero al que te toca querer (en este caso fue correspondido el amor presupuesto). Me recogieron en el aeropuerto (un abrazo a Belén, que se mató por nuestra presencia) y apenas en 45 minutos me dio tiempo a que la sangre circulara por todas las partes de mi cuerpo al modo de vida de esta isla. Cuestas y túneles. Y cuestas. Y carriles de doble sentido. Y bruma. Y de repente un manto de lava como un brazo que le hubiera nacido a la tierra y que se hubiera dormido sobre ella. Llegamos a Puerto Naos como a una playa vieja que intenta rescatarse después de la tormenta, y entre plataneras se levantaba ese mastodonte de hotel que no sé qué nos hace. Tras dimes y diretes en recepción, subí a la habitación, solté mis aparatos y me fui en menos de lo que se cuentan 3 minutos. No me había dado tiempo de mirar al cielo, pero al salir del hotel, con la avenida delante, descubrí que el cielo no había tenido tiempo de decidirse. Estaba gris. Y gris me fui a comer a cualquier sitio, pedí lo que más me correspondió de la carta y apareció la jefa con un sonoro “amiigoooo”.

Estaba escribiendo que ahí empezó la última experiencia IsLABentura, pero no. IsLABentura también es soledad, aunque sea lo menos que es.

Podría seguir divagando en cada cosa que sucedió esa semana, pero ustedes tampoco se merecen esta chapa canaria.

Siempre ha sido complicado para mí el enfrentamiento a este grupo tan grande, pero esta semana en La Palma ha sido una absoluta excepción en toda mi vida. Es verdad que Joaquín me ayuda mucho. Él se incorpora, se incluye, habla, se divide en 2 y me convierte en persona cuando solo soy un peón entre los demás. El pitch fue una ensalada de nervios. Lo teníamos de memoria, iba a salir, pero da nervios que dos inconscientes conscientes de su inconsciencia sean los primeros de la sesión. Nos armamos de valor, de micrófono craneal, de ilusión, de cara, de pasotismo ilustrado, de carisma, yo qué sé. Lo hicimos exactamente como esperábamos hacerlo. Fue perfecto. No sabemos si quienes miraban opinarán igual, pero nuestra satisfacción quedará siempre intacta. Mucho mejor no lo podíamos hacer.

Si a esto le sumamos que Katia me había pedido que cantara Todo cambia a timple en su pitch, pues ya tenemos doble salto mortal. Todo encajó. Me agarré al timple, intenté bajarme la madre y el pulso, me concentré, me dije muchas veces “es ahora, relájate, estamos aquí, hazlo como lo haces en soledad, como si no hubiese nadie aquí”. Y exactamente así fue. Solo estábamos Katia y yo. Hicimos lo que estaba planeado y la reacción de los demás fue inmensa. Yo como músico no recuerdo una proporción de felicitaciones así y me siento un afortunado mayúsculo. Espero que Katia se sienta agradecida por todas las veces que se lo dije y por mi intervención. Hice lo mejor que supe.

Quiero dedicar este párrafo al inmenso grupo que surgió este año en IsLABentura. Yo, insisto, que no tenía grandes expectativas y que mi primera noche en Fuerteventura fue extraña. No me sentí bien, pero dónde queda ese día. 6 meses y unas 20 personas nuevas a las que he abrazado, con las que he hablado y las que me han demostrado que soy un pedazo de imbécil que prejuzgó el primer día. Fuerteventura, La Gomera, Gran Canaria y La Palma son testigos de esto. Me maté a silencios y a conversaciones de desubicados con Helen en todas las islas, me pregunté si estaría a la altura de Pepe en cada cena, experimenté la envidia al ver los increíbles tutores de mis compañeros, me sentí más incluido que nunca en las conversaciones con las chulas de Rebe, Diego, Helena, Stefi, Raquel, Santidrián, Alba, Tere (mis favsss), flipé con todo lo que hacía Javi y todas las fotos en las que salía perfecto, me enamoré de la imaginación de Borges con su historia, aunque el verbeneo se le escapara de las manos, de lo mucho que me veía reflejado en Dávila, que desde su silencio construyó la historia de López, y de la magia también silenciosa de Laura y Yaiza, me abrumó la mente gorda de Gracia que nos acogió a Joaquín y a mí como dos hijos postizos amantes del pop y la comedia, me ahogué en la aridez de la sonrisa de Katia y la voz de Mercedes, me rompió
saber cuánto se rompe Fajardo por cumplir su sueño y se me rompió la boca de reírme y hablar con Nachito Peña.

No sé si es porque estoy escuchando a Pablo Alborán, pero me estoy poniendo ñoño. No quiero dejar de acordarme de las jefas. María José, Lorena, Natacha y Encar. Son las 1. Este trabajo es inmejorable, no tiene un maldito pero y la labor que hacen por los guionistas y por una industria sostenible es inexplicable. El cariño que nos han regalado a todas y a todos, la atención constante y la sonrisa cuando toca, porque también toca llorar, nos dibujaron un camino sencillísimo.

Esto se está convirtiendo en una lista de agradecimientos, pero Joaquín y yo no podemos entregar esta última entrada sin pulsar el botón de Pepe. No nos tutorizó. Nos apadrinó y nos acompañó en cada paso, incluso cuando parecían ir hacia atrás.

Este viaje ha sido inabarcable para las palabras, pero estaremos eternamente agradecidos a todo lo que es IsLABentura por habernos dado cobijo a dos inconscientes y por haberle dado cobijo a nuestra historia. Quiero recordar a Rafael Arozarena una vez más. Al final del camino, cuando seamos ceniza, solo querremos que el viento no nos esparza mucho más allá de esta orilla. De esta abentura.