
Antaño me apuntaba en notas delante del ordenador y bien visibles, los deadlines de las convocatorias de guion a las que me presentaba. Pero dejé de hacerlo porque me provocaba cierto estrés estar pendiente, sobre todo los días previos, del teléfono o de un correo que no llegaba y, si llegaba, era para darme las gracias por participar, que en esta ocasión no había habido suerte, ánimo y no dejes de intentarlo el próximo año.
De ese lunes me acuerdo bien porque había tormenta en Mallorca y las conexiones de móvil tienden a caerse, al igual que la red de internet, sobre todo si tienes la oficina en el interior de la isla.
En una de esas me llega un mensaje: llamada perdida de María José Manso. ¡Ay, Dios!
Devuelvo la llamada, pero comunica. Intento mirar en la página web, pero internet ha caído. Ya estoy de los nervios, imposible centrarme en mi trabajo. Tengo un ojo puesto en el Premier y otro en la pantalla del móvil. Diez eternos minutos después, me suena el móvil. Un wasap: mi madre, que si voy a venir a comer. Contesto con un escueto sí.
No he de esperar mucho a que vuelva a sonar el “Sweet Child O’ Mine” de Guns N’ Roses, el tono de llamada de mi móvil desde que tengo memoria.
Recibir una llamada de María José siempre es motivo de felicidad, pero si encima es para decirte con ese acento canario (siempre a favor de los acentos) que te han seleccionado en IsLABentura Canarias, la alegría es doble. No soy muy dado a expresar mis sentimientos, ni para lo bueno ni para lo malo, pero la emoción que me embarga en ese momento, al menos para mí, era bien palpable. María José me anuncia que me han seleccionado y que mi tutor será Curro Royo, otro motivo más de alegría.
Para no aburrir, permitidme una elipsis de tres semanas. Aterrizo en Tenerife y voy camino del hotel a conocer a mis compañeros de aventura. Antes me reencuentro con María José, Lorena y Natacha, las grandes valedoras del laboratorio, y utilizando un símil futbolístico convertido en meme: «Con vosotras empezó todo».
Uno ya tiene una edad (que no desvelaré aquí), por lo que al encontrarme con gente tan joven y talentosa es inevitable que me pregunte qué hago yo aquí y me asalte el síndrome del impostor, algo que casi ya se está convirtiendo en un cliché entre el gremio de guionistas, pero que no por ello deja de ser menos cierto.
De manera escalonada vamos llegando. En mi caso solo conozco a Ben Manzanera por haber coincidido en otras convocatorias de guion, y con el resto voy descubriendo que tenemos amigos en común.
La estancia es breve, porque al día siguiente nos espera a cada uno el traslado pertinente a su isla. Yo marcho a El Hierro con la suerte de partir en compañía de Curro Royo y Sofía Martín.
Gracias a Aïda Ballmann, nuestros cuatro días en la isla dan para mucho: risas, buen comer, entrevistas, documentación y una inesperada revisión del lado oscuro de El Hierro que particularmente a mí me viene muy bien para la historia de mi protagonista, que ansía salir de la isla con la ayuda de la música.
La semana pasa volando y el esperado reencuentro termina con los provechosos talleres de María Elízaga y Elina Fressa… y hasta aquí puedo leer.
Ya queda menos para ese segundo encuentro donde espero ser más abierto y menos introvertido (me cuesta, lo sé, pero a la hora de socializar tengo otro ritmo); mientras, seguiré trabajando en la historia de ese tímido adolescente que lucha por encontrar su camino.







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