
Subo al avión (Binter, por favor, patrocina el lab) con la imagen de un cachalote de cuarenta toneladas muerto en la orilla de una isla que no conozco, pero que estoy a día y medio de conocer. Un cachalote que, en algún futuro no tan lejano, alguien debería fabricar, para una película que yo debería escribir y luego dirigir. De pronto, me siento como esa gente que sale a comprar el pan y, sin saber cómo, termina despertando con resaca en una playa desierta de Costa Rica.
Aunque yo, por más que salga todas las mañanas a comprar el pan, sigo sin conocer Costa Rica.
Al grano: aterrizo en Tenerife. La mujer que me espera es majísima y el chofer lo mismo, hablamos del tipo de cosas que sueles hablar con alguien que te recoge de un aeropuerto: el clima. Del clima pasamos a la diversidad de microclimas en la isla y luego comparamos esa diversidad con Perú, que es mi país natal. Por la ventanilla veo montes y mucha, mucha, vegetación. El territorio, tan tropical, me produce una punzada en el pecho. Es una sensación incómoda. Sentimental. Nostálgica. Pienso en la selva peruana. Comienzo a extrañar mi tierra aunque, allá acaben de elegir como posible presidenta a la hija de un dictador hijo de puta.
Dije que iba a ir al grano, pero no me sale. En fin. Con el alma todavía revuelta, llego al hotel, hago check in y en la recepción, me encuentro con un chico delgado, de pelo negro muy corto y barba de tres días (esto me lo invento, no sé medir los días de la barba). El chico, que ya he visto en una videollamada, se llama Isaí y en ese momento ya sé que vamos a ir juntos a La Palma, y por eso, deseo con todas mis fuerzas que sea buena gente o, por lo menos, que no sea trumpista ni de esas personas que se la pasan negando el cambio climático y diciendo que el mercado se regula solo. Diría que no, porque parece queer. Pero en un mundo donde cada vez más homosexuales votan a Vox, que lo sea no es garantía de nada. (Spoiler alert: lo termino adorando).
Acá rompo la estructura cronológica, para ir al salseo (como dicen los españoles): se rumorea que esta edición es la más queer de todas. No tengo pruebas, pero tampoco dudas. Somos una bandera arcoiris andante. Con decir que cuando, María, la psicoanalista (que es maravillosa y nos dio un taller), nos hizo una dinámica de ubicarnos en algún lugar entre los dos extremos de la habitación donde estábamos, de acuerdo a nuestra escala de atracción hacia hombres o mujeres, la mayoría se quedó en el medio chúpate esa, heteropatriarcado.
Al grano, carajo. Esa noche cena y al otro día, un historiador divertidísimo (y también queer) nos pasea por Laguna mientras nos cuenta cosas sobre la arquitectura o los reyes guanches que se llevaron a Venecia por otro tipo que también era queer. Aprovecho para acercarme a Sara, mi tutora, con quien todavía no he hablado casi nada, salvo unos mails donde intercambiamos datos curiosos de los cachalotes, para romper el hielo. Conectamos al tiro. Me parece una tía brillante y ya me empieza a dar un poco de pena tener que despedirme.
Ya en el aeropuerto, luego de proponerle a Isaí un plan que incluye una copa de vino a las once y media de la mañana, como dos rock stars, recibo una buena y una mala noticia: la buena, que me ha llegado un pago que esperaba hace más de cinco meses y la mala… una carta de Hacienda (nada grave, solo lo escribo para meter drama). Aunque soy atea, una cábala interna (parecida a la que me ha empujado a informarme que soy sagitario – ascendente virgo – luna en cáncer- venus en Acuario) me sugiere que, a juzgar por el inicio, el viaje será inesperado y de puta madre.
De acá en adelante, lo que sigue son tres días y medio frenéticos, montados en un Renault azul, recorriendo el sur, el norte y el este de una isla preciosa, a la que alguien tuvo el tino de llamar: la isla bonita. Y cuyo gentilicio responde al nombre de: “palmero” o “palmera”. Esta gente sabe cómo llamar a las cosas.
Nuestros guías son Yoel, locacionista (no sé si en España se dice así) y Cristofer de la Palma Film Comission. En la cofradía de pescadores de Santa Cruz, detrás del mostrador de la pescadería, conocemos a una mujer de unos sesenta años, con mandil de faena, los ojos traviesos detrás de unas gafas de montura celeste y una sonrisa preciosa. Se llama Mily y nada más saber que buscamos información para una peli, nos conduce a la congeladora de su trastienda para contarnos cómo es el proceso con el pescado desde que llega. Esa mañana, de hecho, le han traído un atún de más de doscientos kilos. Isaí y yo nos quedamos enamorados de ella, la grabamos y le sacamos fotos. Luego, caminando por el puerto, veo a un muchacho dentro de un barco que, por las cañas de bambú de casi cuatro metros, tiene toda la pinta de ser un atunero. Con el chorro de agua de una manguera, limpia la superficie de la embarcación, Me le acerco, se llama Mahy y, efectivamente, es pescador de atunes. Da la impresión de ser un poco tímido, pero aun así deja que me suba a su barco a sacar fotos (por cierto, en La Palma se dice “quitar fotos”) y conversamos; descubro que se apellida Trujillo y le cuento que la provincia de Perú de donde vengo también se llama así. Él me cuenta cosas más relevantes: pescadores que pierden dedos en plena lucha contra un pez o son arrastrados hasta las profundidades del mar por atunes de más de trescientos kilos. Mahy tiene las manos enteras, pero una vez el barco se le malogró en medio del océano y tuvo que esperar a que llegue la ayuda.
Por la tarde, Yoel nos lleva a Nogales, una playa donde llegas bajando varios metros de escaleras de piedra. Finjo ser una mujer racional y sin fobia a las alturas, pero cuando veo que Isaí y Yoel caminan más rápido y ya empiezan a alejarse unos metros, me tiemblan las piernas y les confieso que estoy cagada de miedo y me agarro del brazo de Yoel para bajar. Ya en la playa, vuelvo a pretender que soy una mujer fuerte y decidida, me pongo la ropa de baño detrás de una piedra y entro al Atlántico. Si Yoel nos ha traído es porque en esa playa varó un cachalote hace unos años. Por eso quiero meterme, para bañarme en agua-de-cachalote-varado a modo de cábala dijo la atea. A las horas, me entero que en esa playa la gente suele ahogarse y yo me digo que claramente tengo los miedos muy mal organizados.
Esa noche, cenamos con María José, que es la directora de Islabentura y también palmera, y Carmen, amiga suya y muy entendida en temas marinos y construcción de barcos. Nos cuenta sobre una mujer que es armadora, cuyo nombre no recuerda, pero que con suerte podría encontrarla en una oficina en el mismo edificio donde está la cofradía de Tazacorte. Del puerto de Tazacorte salen la gran mayoría de atuneros de La Palma. Armadora significa que es dueña de un barco, no necesariamente pescadora, pero aun así, la pista me interesa. Luego me habla de un tipo que se pasa días en altamar, a la caza de un pez al que llaman conejo diablo, muy apreciado en Portugal. Le pregunto si me puede pasar su número. «Se lo voy a consultar… Es que es tímido», me responde.
La imagen del pescador tímido, que prefiere pasarse días en altamar, completamente solo o casi, antes que vivir en compañía en tierra, me trae a la cabeza un poema de la poeta uruguaya Idea Vilariño:
Decir no
decir no
atarme al mástil
pero
deseando que el viento lo voltee
que la sirena suba y con los dientes
corte las cuerdas y me arrastre al fondo
diciendo no no no
pero siguiéndola.
Todos los pescadores con los que me encuentro, hablan como si vivieran entre dos fronteras. Más que un conjunto países o continentes, su mundo está solo está dividido en dos: mar y tierra. En tierra la familia, en aguas profundas, la vida misma. Dicen que no es fácil explicar la sensación que les genera que un atún pique el anzuelo. Pero aseguran que es una sensación maravillosa. Trato de imaginarlo: la espera, las horas o días rastreando algún banco de atunes o el pez que sea a través de una sonda que transmite información sobre lo que ocurre bajo el agua; con la bodega del barco repleta de peces pequeños, vivos, nadando, listos para ser echados al mar como carnada al primer atún a la vista. Hasta que ocurre: el hilo se tensa, el carrete comienza a girar, el pez se defiende con toda su fuerza. La adrenalina al calcular el peso del animal: cien, ciento cincuenta, trescientos kilos. La batalla entre el pescador y el atún, el peligro de terminar empujado al agua en medio de la lucha y morir ahogado. Un chute de endorfinas y oxitocinas y dopamina.
Pero también, el otro extremo. Las horas y los días, sucediéndose, sin ver ni un pez que valga la pena, adivinando la ruta migratoria del banco de atunes, con la carnada echándose a perder en la bodega y finalmente, regresar al puerto, con la impotencia de haber esperado por nada.
Cuando llegamos al puerto de Tazacorte no hay nadie. Es la hora de almuerzo, algunos pescadores están en altamar, pero la mayoría ni siquiera ha salido a pescar. Dicen que casi no hay atunes. Pregunto por la armadora de la que me habló Carmen. La única mujer que encontramos en la oficina de la cofradía la conoce, pero tiene reservas al momento de darle su número a un trío de desconocidos. Comprensible. Bajamos las escaleras y camino por un pasillo que no sé a dónde nos lleva, por si encuentro a algún pescador o alguien que nos dé una pista. De una puerta, sale otra mujer, nos pregunta qué buscamos. Nuevamente pregunto por la armadora. También la conoce y también tiene reservas de dejarnos su contacto. Isaí, hábil como él solo, le propone que la llame y se lo consulte. Le dejo mi número, por si acepta, y a los minutos, recibo un mensaje de whatsapp con el teléfono. La armadora se llama Rayka. Le marco, le explico un poco y pactamos vernos ese mismo día por la tarde. Por el nombre, espero encontrarme con una mujer grande, imponente, de pocas palabras y carácter fuerte.
Pues no.
Rayka es delgada, usa jeans pitillos, botines de punta y una blusa delicada, sus labios están pintados de rojo sangre y sus uñas, larguísimas, también. Baja de una camioneta blanca, me saluda y luego abre la puerta trasera, donde asoma una muchacha de unos veintipocos que carga en sus muslos a una perra de más de veinte kilos. Es su hija, también armadora y con las mismas uñas a lo Rosalía, pero con relieves de conchas marinas. Se llama Nayara y no tarda en dominar la conversación. Me habla sobre las cuotas de pesca, lo complicado que se ha vuelto vivir del mar, a quién le venden lo que pescan. Qué está permitido y qué no. A los minutos, ya me ha llevado a su barco y comienza a darme cátedra sobre para qué sirve cada cosa, dónde está el motor, dónde se guarda el pescado, qué función tiene cada uno de los botones y monitores del tablero donde también está el timón. La grabo todo el tiempo, pasando de la grabación de voz al video, y viceversa. Lo disfruta, sonríe, sigue explicándome. Su hermano menor se tumba boca abajo sobre el muelle, sumerge el brazo en el agua y trata de agarrar una cosa. Batalla unos segundos y luego, se levanta mostrándome lo que tiene en la mano: una lapa. Me la entrega como un regalo y yo, sin entender qué hacer con el bicho, le pregunto si sirve para algo. Nayara gira hacia mí con una mirada del tipo no-sabes-nada-de-la-vida para luego decirme que se las comen y que están buenas. Antes de despedirnos, nos dice en un tono combativo: «en Madrid quieren decidir qué se hace en el mar y allí ni tienen mar». Me emociono en un sentido muy egoísta. Pienso que es Inés, mi protagonista, pero con veintitantos años menos. Ya no necesito más, ya encontré la referencia que estaba buscando.
Por la noche, Isaí y yo nos vamos al restaurante que se ha vuelto nuestro favorito en esos días. Estamos agotados, pero con la emoción a tope. Alterados. Incrédulos. Contentos. Él también ha encontrado una referencia para sus protagonistas, una pareja de cantantes de verbena que además, son pareja y tienen hijos y viven en una casa con un jacuzzi decorado con plantas artificiales y luces y sistema de burbujas y una foto enorme de una cascada de fondo. Él se muere por ella, ella se muere por la música. Isaí hasta podría contratarlos como sus actores. Nos vamos felices.
De vuelta a Tenerife, mientras esperamos en las mangas de equipaje, siento de golpe el cansancio de tres días durmiendo poco, recorriendo una isla entera y con la atención plena en cada cosa, persona, lugar, conversación. Un agotamiento puramente físico que me encorva (más) la espalda y me pesa en los párpados. Bostezo una, dos, tres veces. Llego tarde al restaurante donde parte del grupo ha ido a almorzar. Saludo a todos con un movimiento de mano y me acomodo entre Isaí y Pedro porque los dos son vegetarianos como yo. Escucho a todos conversar, hacer chistes, los veo reírse. No entiendo nada. ¿Qué le pasa a esta gente? ¿Cómo consiguen seguir hablando? María José se me acerca con una caja que parece ser de chocolates, pero resulta contener un pendrive (o usb, como decimos en mi tierra) que me ha enviado Carmen y que tiene almacenadas decenas entrevistas con pescadores y constructores de barcos. Me sorprendo por la generosidad —un rasgo que parece ser inherente a las personas de las islas y los palmeros especialmente,— y le escribo a Carmen agradeciéndole. Luego me prometo dedicarme a callar y comer, y entregarme a una siesta de hora y media, como mínimo, después de almuerzo. Pero no puedo. Primero porque es difícil ignorar a personas tan majas y, sin proponérmelo, me descubro intentando seguir el hilo de las conversaciones y de observar con curiosidad a cada uno. Noto que Pablo, que viene de documentarse en La Gomera, mira con interés el último pedazo de queso asado en un plato que hemos compartido con isaí y Pedro. Pero no lo coge. Por timidez, supongo. Se lo sirvo yo, a la fuerza, como si el espíritu de una abuela latinoamericana se adueñara de mi cuerpo. Me cae bien Pablo. Me siento identificada en su indecisión, pero no se lo digo. Quiero que sea mi amigo y eso sí se lo digo, pero al otro día, con otras palabras, en el taller con María, la psicoanalista que ha venido a cohesionar el grupo.
El plan de la siesta también se tuerce cuando Sara me escribe al whatsapp para proponerme reunirnos con ella y Cristina, a quien también tutoriza y con quien ha ido a Fuerteventura, para conversar sobre nuestros proyectos. Acepto sin chistar. No tanto por haber heredado ese rasgo tan latinoamericano de ser una completa inútil al momento de decir no (que también), sino porque tengo muchísimas de ganas de conversar con las dos. Así que en lugar de tirarme a la cama, nada más entrar al cuarto, abro la laptop, busco el proyecto de Cristina y me pongo a leer y a hacer anotaciones. Su largometraje es una comedia romántica. Me complace leer que una de sus referencias es «Cuando Harry conoció a Sally». En tiempos de odios como los de ahora, al mundo le viene bien más comedias románticas de las buenas; le agradezco mentalmente a Cristina por decidir escribir una.
Al otro día, ya lo he adelantado, es el taller de María por la mañana. Cohesionarnos le resulta fácil porque, si algo le sobra al grupo, es precisamente eso. La mayoría apenas hemos conversado, pero ya nos caemos bien. Nos reímos. Nos sonreímos. Nos tomamos el pelo. Podría ir a una isla desierta con esta gente. María incluida. Y si hay vino canario, mejor.
Más tarde, Elina, la tutora del taller de análisis de guion, nos separa en grupos de cinco o seis, y nos dedicamos a escuchar a la historia del otro y a hacer preguntas. Quien habla, no puede interrumpir respondiendo hasta que todos hayan preguntado. El método me parece lógico: en la escritura siempre son más útiles las preguntas que las respuestas. Las preguntas te llevan a algo nuevo. Qué crack es Elina y qué bonito suena su acento griego cuando habla español. Escucho a Ben, a Raquel, a Juan Jo y a Antonio, que están en mi grupo. Levanto la mirada hacia el resto, los veo conversando, debatiendo, escuchándose. De pronto, caigo en cuenta que mañana nos vamos y me da pena.
Escribiendo esto se me viene a la cabeza, un poema de la escritora mexicana Rosario Castellanos (sí, gente, voy a spamearlos hasta el hartazgo con literatura latinoamericana, especialmente de mujeres chúpate esa colonialismo y patriarcado x2)
Apelación al solitario
Es necesario, a veces, encontrar compañía.
Amigo, no es posible ni nacer ni morir
sino con otro. Es bueno
que la amistad le quite
al trabajo esa cara de castigo
y a la alegría ese aire ilícito de robo.
¿Cómo podrías estar solo a la hora
completa, en que las cosas y tú hablan y hablan,
hasta el amanecer?
Esa noche, ceno al costado de Isaí y Pedro, la eterna triada de vegetarianos, mientras escuchamos a Ben contar sus historias. Se ha difundido una broma interna sobre Ben: ya está pactado que será el gran ganador del premio islabentura y de todos los demás premios, a su pitch llegará en helicóptero y en el escenario lo esperarán bailando y cantando un grupo pop de chicas que ganaron un reality o algo así. Nos sobra la imaginación. El proyecto de Ben, ya que estamos, es sobre niños asesinados en un ritual satánico. Un tipo tierno, sin duda. Por suerte María dijo que no es psicópata.
Luego de cenar, vamos a un bar y luego, los más fuertes de la camada, terminamos en una discoteca donde bailamos salsa y reguetón. No sé a qué hora salimos para volver al hotel, pero sí sé que antes de dormir programé varias alarmas para no quedarme dormida para ir al aeropuerto. Lo raro es que a la mañana siguiente ninguna suena y es Ben quien me despierta, tocando mi puerta, con cara de preocupación máxima. Mi taxi me está esperando y adentro, Mirian, la periodista de Kinótico, que tiene un vuelo antes que el mío. Qué vergüenza, carajo. Al final se van sin mí, pero cuando yo llego al aeropuerto, me encuentro con una imagen apocalíptica. Cientos de personas aglomeradas en la entrada de las puertas de embarque. Ha habido un incendio. Ningún herido, pero sí muchos vuelos retrasados y todas las puertas de embarque cerradas. Recuerdo el presentimiento que tuve en ese mismo aeropuerto, cinco días antes y ahora sé que di en el clave: en el viaje todo iba a ser inesperado y de puta madre. En partes iguales.


|